Maria nasceu calada. Abriu os olhos, espiou o mundo e não chorou.
Estranhou o pai, comentaram os médicos, se espantaram o anestesista e os assistentes. Se preocupou a mãe, que perguntou: por que não chora minha menina?
O tempo passava e Maria crescia.
Aprendeu a andar, a brincar, a correr, mas Maria não falava e a mãe continuava a perguntar: será que minha filha é muda, meu Deus?
Maria olhava o céu e as nuvens que faziam desenhos. Observava flores, pássaros em seus voos mágicos, borboletas dançantes e pequenos insetos que corriam e se arrastavam pelo chão. Apreciava a vida movendo-se ao seu redor.
Girava o mundo e Maria bailava. Rodopiava ao som de todas as notas e guardava em silêncio contido o ar que respirava. Absorvia a atmosfera de luz e se lambuzava, louca de amor, com os cheiros, os sons, as texturas, as chuvas, as cores, os ventos e tempestades, a maresia e a brisa fresca, tudo que tocava, tudo que inspirava.
Maria aprendeu a ler e a escrever e colecionava palavras. Colecionava as mais bonitas, as que cantavam, as que tinham cores e sabores. Tudo escrevia em um caderninho que chamou de “Achados e Perdidos”: os seus e de tudo que ouvia, ou que alguém falava ou que o vento espalhava, e ela corria até conseguir agarrá-los, mastigá-los, escutá-los outra vez e voltar a guardá-los entre tantas outras palavras empilhadas: tudo que achava, que um dia foi perdido.
Maria em seu mundo, criava personagens e cenários e os orquestrava em movimentos sem fim. Combinava letras compondo arranjos inusitados, novos e saborosos. Foi então, que em sua meninice, descobriu um outro mundo, onde os livros eram os habitantes e se pôs a devorá-los. Triturava e comia letra por letra, degustava cada palavra. Guardava cada som diferente, cada imagem transparente por onde navegavam seus olhos, bamboleando seus sentimentos em mares de signos, onde encontrava seu destino com gosto, cor e textura.
Maria só comia. Nao se cansava dos versos, das prosas, das glosas, sonetos, romances e contos, histórias de muitos lugares, de muitas paisagens, infindáveis personagens.
Então, ficou gorda, muito gorda.
Maria já era uma moça e sua barriga também tinha crescido e ela já não conseguia disfarçar. Sua mãe, que fez sempre se preocupar com Maria, lhe perguntava: o que foi que você fez, minha filha? E a barriga de Maria crescia. Crescia muito a barriga de Maria.
Um dia, começaram as dores, como de parto. Doía desde suas costas, e suas entranhas se contorciam prontas para dar a luz. O que vai sair daqui? pensava Maria, já que nunca falava.
Maria sentia desejos de parir a ansiedade que lhe consumia. Um desespero que espremia sua alma e seu coração.
As dores incessantes aumentavam. Ela já não podia dar abrigo à vida que trazia no ventre, que corria como sangue pelas veias de seu corpo em forma de pensamentos, de poesia, de histórias. Então, Maria deu um grito. Começou a tagarelar palavras escritas e nunca mais se calou. Foi preenchendo papéis, folhas e mais folhas com tudo o que tinha engolido com os olhos desde que nasceu. Desenhou, em muitas cores, todas as palavras que saboreou. Pintou aquarelas de muitos matizes. Criou espelhos d'água, olhos de luz que refletiam sombras suas e de toda a humanidade que estiveram guardadas por tanto tempo em seu silencio. Maria nunca mais deixou de falar por páginas inteiras, por onde declara até hoje, com risos, canto e lágrimas, toda nossa existência.
Maria
María nació callada. Abrió los ojos, espió el mundo y no lloró.
Extrañó el padre, comentaron los médicos, se espantaron el anestesista y los asistentes. Se preocupó la madre, que preguntó: ¿por qué no llora mi niña?
El tiempo pasaba y María crecía.
Aprendió a caminar, a jugar, a correr, pero María no hablaba y la madre preguntaba: ¿será que mi hija es muda, Dios mío?
María miraba el cielo y las nubes que hacían dibujos. Observaba las flores, pájaros en sus vuelos mágicos, mariposas danzantes y pequeños insectos que corrían o se arrastraban por el suelo. Vivía a apreciar la vida moviéndose a su alrededor.
Giraba el mundo y María bailaba, rodopiaba al sonido de todas las notas y guardaba todo en silencio contenido el aire que respiraba. Absorbía la atmósfera de luz y se lambuceaba, loca de amor, con los aromas, sonidos, texturas, lluvias, los colores, los vientos y tempestades, la maresia y la brisa fresca, todo que tocaba, todo que inspiraba.
María aprendió a leer y a escribir y coleccionaba palabras. Coleccionaba las más bonitas, las que cantaban, las que tenían colores y sabores. Todo escribía en un cuadernito que llamó de “Encontradas y Perdidas”: las suyas y de todo lo que oía, o que alguien hablaba o que el viento esparramaba, y ella corría hasta que consiguiera agarrarlas, masticarlas, escucharlas otra vez y volver a guardarlas entre tantas otras palabras empiladas entre las páginas: todo lo que encontraba, que un día fue perdido.
María en su mundo, criaba personajes y escenarios y los orquestaba en movimientos sin fin. Combinaba letras componiendo arreglos inusitados, nuevos y que les sabían muy ricos.
Fue entonces, que en su niñez, descubrió un otro mundo, donde los libros eran los habitantes y se puso a devorarlos. Trituraba y comía letra por letra, degustaba cada palabra. Guardaba cada sonido diferente, cada imagen transparente por donde navegaban sus ojos, bambaleando sus sentimientos en mares de signos, donde encontraba su destino con gusto, color y textura.
María comía todo el tiempo. No se cansaba de los versos, de las prosas, de los gloses, sonetos, romances y cuentos, historias de muchos lugares, de muchos paisajes, un sinfín de personajes.
Entonces, se quedó gorda, muy gorda.
María ya era una joven y su panza también crecía y ella ya no conseguía disfrazarla. Su madre, que siempre se preocupaba con María, le preguntaba: ¿que fue que te pasó, mi hija? Y la panza de María crecía. Crecía mucho la panza de María.
Un día, comenzaron los dolores, como de parto. Dolía desde su espalda, y sus entrañas se contorcían, listas para dar la luz. ¿qué va a salir de aquí? pensaba María, ya que nunca hablaba.
María sentía deseos de parir la ansiedad que le consumía. Un desespero que exprimía su alma y su corazón.
Los dolores aumentaban. Ella ya no podía dar abrigo a la vida que traía en el vientre, que corría como sangre por las venas de su cuerpo en forma de pensamientos, de poesía, de historias. Entonces, María dio un grito. Comenzó a hablar palabras escritas y nunca más se calló. Fue llenando papeles, hojas y más hojas con todo lo que había tragado con los ojos desde que nació. Dibujó, en muchos colores, todas las palabras que saboreó. Pintó acuarelas de muchos matices. Crió espejos de agua, ojos de luz que reflejaban las sombras suyas y de toda la humanidad que estuvieron guardadas por tanto tempo en su silencio. María nunca más dejó de hablar por páginas enteras, por donde declara hasta el día de hoy, con risas, canto y lágrimas, toda la nuestra existencia.