Aquella mañana, Elena despertó en
llamas. Su cuerpo ardía como el sol que brillaba afuera de su recamara. Desde
su cama podía escuchar las olas que latían despacio con el peso de la inmensidad oceánica. El verano se quemaba en
olores. Elena lo sentía en sus entrañas, necesitaba abarcarlo todo, consumirlo
como a un tequila que abrasa, relaja e inquieta.Sus pies tocan el frío piso que recubre la habitación del hotel y le entrega el cuerpo, deja que su frescor le atraviese en el intento de sentirse sobria. Alcanza el espejo, se mira, se admira. Sus curvas voluptuosas, sus nalgas firmes y llenas, sus muslos fuertes por tantos ejercicios obstinados para mantenerse atractiva. Elena se desnuda entera, acaricia senos y vientre. Siente deseo de sí misma, se ama, se derrite delante de su propia belleza. Ya casi a los cuarenta, se ve muy joven.
Sobre la mesa de su suite en tono lila hay un vaso con jugo de naranja y un plato con cereales. Disfruta la bebida, sólo necesita refrescarse. Recoge el biquini brasileño comprado en sus últimas vacaciones en Río de Janeiro, se lo pone y éste apenas se insinúa sobre su cuerpo.
Lánguida, destilando sensualidad, amarra el pareo bajo la cintura. Se pone un sombrero de alas anchas y unos lentes oscuros. Está lista para bañarse de sol, de luz, de agua, sea dulce o salada.
Camina sobre tacones, en las puntas de los pies, zigzagueando su cuerpo, cadera abajo. El pelo le acaricia su espalda, deseosa, sensible.
Cuando pasa, siente el calor de los ojos de la gente sobre sí y se ensimisma aún más, y exhala su perfume a flor de piel, de sus poros llameantes de codiciar y ser codiciada.
A un lado de la alberca, lentamente se quita el pareo y lo extiende sobre el camastro de junco flanqueado de columnas y cubierto con una ligera tela de blanco algodón. Se recuesta delicadamente deseando el mundo, el calor del sol, el sudor de la piel.
Destapa el bronceador de color ámbar y olor a canela, lo derrama en la palma de su mano y con ella empieza a recorrer su cuerpo, untando cada centímetro, cada curva, movimiento, llanura, firmamento.
De repente, Elena se mira en los ojos de un joven que acompañan su gracia seductora y siente despertar más poder, más pasión en su desborde egocéntrico. Esboza una sonrisa de Monalisa; se acomoda, casi acostada, sus manos ahora recorren sus piernas, sus muslos. Sus dedos casi tocan su vertiginosa sexualidad, en movimientos lentos, compasivos, tentadores.
El joven, a algunos metros del camastro de Elena, sucumbe a sus encantos, se asoma a la mesa del bar, se retira los lentes, sus ojos hipnotizados.
Elena se voltea boca abajo y enseña sus nalgas que ahora acaricia su mano aceitosa. El bronceador se le escurre entre los dedos, lubricando por donde pasa, reflejo del brillo del sol de mediodía.
Su gozo está en la mirada sedienta de su admirador desconocido, en la certeza de ser un placer a sus ojos, de sentirse deseada de la manera que se desea a sí misma.
Elena saborea los efectos de sus encantos, se acuesta como si estuviera desnuda y se complace en su propia belleza.
Escucha pasos que se acercan, su fuego le consume las entrañas.
Oye risas, menea lentamente la cabeza para alcanzar a ver a su admirador que sale con su chica del brazo.