Uma vez, ouvi que as pessoas crescem enquanto dormem. Então, eu imaginava meus membros aumentando, aumentando, como Alice no País das Maravilhas quando tomou o chá na toca do coelho, pra logo depois, encolher e encolher, como quando ela queria passar pelo buraco da fechadura para sair daquele sonho, que mais parecia um pesadelo. E na minha vida real, na manhã seguinte, este corpo encontraria o tamanho exato para o uso daquele dia, em que eu, novamente, sem ter noção das medidas alcançadas, esbarraria nas coisas e derrubaria o copo de suco mais uma vez sobre a tolha limpa que tinha sido estendida para outra refeição em família, quando minha mãe, mais uma vez, iria brigar comigo porque eu era "uma desastrada" e porque não prestava atenção em nada!
E de novo, diante do meu espelho, que projetava meu futuro, eu lhe perguntava quando minhas formas seriam mais redondas como as das garotas mais velhas da escola, com seus jeans bem justos e camisetas que mostravam seus seios firmes e bonitos, que eu também queria ter. Quando eu seria graciosa, com mais quadril, com coxas torneadas, com seios maiores?
Prendia o cabelo e o soltava novamente. Sonhava em ser bonita e mais velha, em ter um namorado que me trouxesse flores, que me levasse a passear de moto, que me escrevesse poesias, que fosse apaixonado por mim.
Espelho, espelho meu, quem vai ser meu namorado?
As conversas no recreio e na saída da escola. As meninas, os meninos, as paqueras, as trocas de olhar, a vontade de esconder-me quando os olhos se cruzavam, o desejo de ser a mais bonita, a mais popular, aquela que todos queriam namorar.
De volta à casa, à mesa do almoço, o suco derramado, a bronca de minha mãe, a ausência de meu pai, a briga com minha irmã, a adolescência perturbadora, como aquela espinha que insistia em sair bem no meio da testa sem nenhuma intenção de desaparecer, como o monstro que se esconde dentro do armário e que de noite vem te assustar, fazendo ruído nos papéis que ficaram sobre a escrivaninha, depois de uma tarde de tarefas.
As aulas de piano, as escalas insistentes de dó a dó, em toda sua extensão automática, sistemática e obrigatória.
De esquina em esquina, contando os quarteirões, enquanto caminhava até o conservatório, onde me esperavam a harmonia dos sonhos, o solfejo das palavras desejadas, a tessitura dos meus braços crescidos que queriam abraçar o mundo.
O calor forte do sol sobre minha cabeça acalentando pensamentos, planos, estações passadas e que ainda viriam.
De amarelinha em amarelinha, pelas calçadas de pedrinhas, a calma do fim da tarde, os passarinhos voltando aos ninhos, aos galhos das árvores. As andorinhas, não mais solitárias, que voando em bando cobriam o céu em um jogo alado de ser muitas em uma só, em um mesmo desenho, uma mesma canção, a mesma direção.
"Olha que coisa mais linda, que vem e que passa, é ela menina que vem e que passa, num doce balaço a caminho da escola", cantavam ao violão estudantes de uma república qualquer, parodiando a "Garota de Ipanema", no meio do meu caminho. A coisa mais linda era eu, espelho, espelho meu?!
À noite, um recomeço, um novo sono, com velhos sonhos.
A cabeça nas fronhas limpas de algodão de um travesseiro recheado de esperanças, onde o céu não poderia ser o limite. Na cama, os braços teimando obstinadamente em crescer, assim como as pernas, e no outro dia, teriam outro tamanho, outra estatura, novas dimensões, até que eu me acostumasse a ser grande e, contendo os gestos, já não fosse mais estabanada e não derramasse mais nada com um esbarrão da minha comprida mão ou das pernas desengonçadas de uma adolescente em expansão.
Adolescencia
Mis brazos parecían más largos de lo que deberían ser. Mi espejo reflejaba mis piernas delgadas. Rozaba en las cosas como si mi cuerpo ya no fuera mío. Un cuerpo que persistía en estirarse de un al otro día, a cada noche en cuanto dormía.Una vez escuché que las personas crecen mientras duermen. Así que imaginaba mis miembros aumentando, aumentando, como Alicia en el País de las Maravillas cuando tomó el té en la madriguera del conejo, para luego encogerse y encogerse, como cuando ella debería de pasar por el ojo de la cerradura para salir de aquel sueño, que más bien parecía una pesadilla. Y en mi ivida real, en la mañana siguiente, mi cuerpo encontraba el tamaño exacto para el uso de aquel día, que yo, otra vez, sin el conocimiento de las medidas alcanzadas, tropezaba en las cosas y derribaba el vaso de jugo, de nuevo, en la toalla extendida sobre la mesa para otra comida en familia, cuando mi madre, otra vez, me regañaba por ser tan "torpe" y porque no prestaba atención a nada!
Y nuevamente, frente a mi espejo, proyecto de mi futuro, le preguntaba cuando mis formas serían más redondeadas como las de las chavas más grandes de la escuela, con sus pantalones de mezclilla ajustados y playeras que enseñaban sus senos firmes y hermosos, que yo también quería tener. ¿Cuándo sería más elegante, con caderas más anchas, con muslos bien formados, con los senos más grandes? Dime espejito! Le imploraba.
Y nuevamente, frente a mi espejo, proyecto de mi futuro, le preguntaba cuando mis formas serían más redondeadas como las de las chavas más grandes de la escuela, con sus pantalones de mezclilla ajustados y playeras que enseñaban sus senos firmes y hermosos, que yo también quería tener. ¿Cuándo sería más elegante, con caderas más anchas, con muslos bien formados, con los senos más grandes? Dime espejito! Le imploraba.
Recojo mi pelo y lo suelto otra vez. Sueño con ser hermosa y más grande, y en tener un novio que me trajera flores, que me llevara a andar en motocicleta, que me escribiera poesías y que estuviera enamorado de mí.¿Espejo, espejito, quién va a ser mi novio?
Las conversaciones en el recreo y después de la escuela. Las niñas, los niños, las ligas, los intercambios de miradas, la gana de esconderme cuando los ojos se cruzaban, el deseo de ser la más bonita, la más popular, con la que todos quisieran andar.
De vuelta a la casa, en la mesa de la comida, el jugo derramado, el regaño de mi madre, la ausencia de mi padre, la pelea con mi hermana, la adolescencia inquietante como la espinilla que insistía en aparecer bien en el centro de la frente, sin ninguna intención de desaparecer, como el monstruo que se guarda en el armario y de allá sale para asustar en la noche, haciendo ruido con los papeles dejados sobre el escritorio, después de una tarde de tareas.
De vuelta a la casa, en la mesa de la comida, el jugo derramado, el regaño de mi madre, la ausencia de mi padre, la pelea con mi hermana, la adolescencia inquietante como la espinilla que insistía en aparecer bien en el centro de la frente, sin ninguna intención de desaparecer, como el monstruo que se guarda en el armario y de allá sale para asustar en la noche, haciendo ruido con los papeles dejados sobre el escritorio, después de una tarde de tareas.
Las lecciones de piano, las escalas insistentes de C a C, en toda su extensión automática, sistemática y obligatoria.
De esquina en esquina iba contando los bloques mientras caminaba hacia el conservatorio, donde me esperaban la armonía de los sueños, el solfeo de las palabras deseadas, la tesitura de mis brazos crecidos que querían abrazar el mundo.
El fuerte calor del sol sobre mi cabeza calentando mis pensamientos, los planes, las últimas temporadas y las que aún vendrían.
De rayuela en rayuela por las aceras de guijarros en la tranquilidad del fin de la tarde, los pajarillos que regresaban a sus nidos en las ramas de los árboles. Las golondrinas, no más solitarias, volaban en bandas y cubrían el cielo en un juego de muchas alas como se fueran una sola, en un solo diseño, una sola canción y una sola dirección.
"Mira que cosa hermosa y llena de gracia es esa chica que viene y que pasa en un dulce caminar hacia la escuela", cantaban la parodia de la Chica de Ipanema en la guitarra, unos chavos de una casa cualquiera en el medio del camino. ¿La cosa más hermosa era yo, espejo, espejito mio?
Por la noche un nuevo comienzo y nuevamente a dormir los viejos sueños. La cabeza en las fundas limpias de algodón de una almohada rellena de esperanzas, donde el cielo no podría ser el límite. En la cama, los brazos crecían obstinadamente, así como las piernas, y al día siguiente tendrían otro tamaño, otra altura, nuevas dimensiones, hasta que me acostumbrase a ser grande y, conteniendo los gestos, ya no fuera más torpe e ya no vertiera cualquier otra cosa con el rozón de mi larga mano o de las piernas feas de una adolescente en expansión.

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